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Probióticos y Síntomas Intestinales

Según la Organización Mundial de la salud (OMS), los probióticos son microorganismos vivos que cuando son administrados en cantidades adecuadas confieren un efecto beneficioso sobre la salud del huésped. Se encuentran naturalmente presentes en algunos alimentos fermentados, agregados a algunos productos alimenticios y disponibles como suplementos dietéticos.

Actúan principalmente en el aparato digestivo, donde pueden afectar a la microbiota intestinal. Esta microbiota está formada por millones de bacterias que proliferan en el interior del intestino grueso, y fermentan diferentes elementos produciendo sustancias beneficiosas para la salud. Estas bacterias intervienen en el desarrollo normal del sistema inmunitario y en la regulación de la respuesta del organismo ante los patógenos.

Los probióticos pueden ayudar a mejorar la digestión y la función intestinal, y además podrían proporcionar otros beneficios para la salud.

Síntomas intestinales, como por ejemplo la distensión abdominal y flatulencia, pueden mejorar con la toma de probióticos.

Diversos estudios publicados muestran una reducción de la distensión abdominal y la flatulencia como resultado de tratamientos con probióticos; algunas cepas pueden aliviar el dolor. Estos estudios revelan que ciertos probióticos pueden aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida en pacientes con dolor abdominal.

 

La microbiota intestinal puede desempeñar un papel importante en la diarrea, reforzando la función de barrera intestinal, mejorando la inmunidad innata y estimulando los mecanismos de reparación intestinal. Un metaanálisis de 2013 (Hamad A, Fragkos KC, Forbes A) concluyó que los probióticos pueden ser beneficiosos en la prevención y tratamiento de la diarrea.

 

En cualquier caso, el consumo de probióticos debe hacerse en el marco de una alimentación variada y equilibrada. Es fundamental e importante llevar un estilo de vida saludable. Es conveniente aumentar el consumo de frutas, verduras y legumbres. Se recomienda sustituir los cereales refinados por integrales. Consumir las raciones de carnes, pescados y lácteos adecuadas. Evitar grasas saturadas, azúcares y sal. Todo ello enmarcado en unos hábitos de vida saludables, donde realizar actividad física a diario también es fundamental.

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